"Cree a aquellos que buscan la verdad, duda de los que la han encontrado" (André Gide)
"No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defendería con mi vida tu derecho a expresarlo" (Voltaire)

"La religión es algo verdadero para los pobres, falso para los sabios y útil para los dirigentes" (Lucio Anneo Séneca)
"Cualquier hombre puede caer en un error, pero solo los necios perseveran en él" (Marco Tulio Cicerón)
"Quien no haya sufrido como yo, que no me de consejos" (Sófocles)
"No juzguéis y no sereis juzgados" (Jesús de Nazaret)
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viernes, 19 de marzo de 2010

Fin y remate de Clavileño

Para el grupo de lectura del Quijote en La Acequia.

Finalmente, en este capitulo 41, los estúpidos duques consiguen su objetivo: que Sancho y D. quijote se moten sobre Clavileño y “viajen” por los aires, soportando vientos y casi llegando a tocar el sol.

Pobre D. Quijote y Sancho; nuestros inmortales personajes, inolvidables, imperecederos e inmortales, protagonistas de una de las novelas más famosas de todos los tiempos (D. Quijote de la Mancha), montan sobre un caballo de madera, para intentar remediar un disparate con otro disparate: pelearse con un encantador, a fin de que unas malditas dueñas se libren de sus barbas.

¡Me da un no se qué verlos asi, como bufones normales, divirtiendo a estos odiosos duques…! Con razón Cervantes -sabio Cervantes- nunca dijo quienes eran ni dio su titulo: seguro que lo hizo adrede, para castigarlos con el peor castigo posible, el anonimato. Que se jodan, y yo que me alegro. Todo serán conjeturas: pero nadie sabe, supo, ni sabrá nunca el titulo de estos duques. Se lo tienen merecido. Además, su chabacanería, su poca educación, su malicia, su estulticia y su poca inteligencia los hacen acreedores de lo que tendrán luego: el anonimato.

Otra cosa distinta, es el por qué estos duques me inspiran tanta antipatia; bien se que solo son personajes de ficción, como todos los que intervienen en nuestra inmortal novela. Pero entonces… ¿Cuál es la causa de la profunda antipatia que Cornelivs siente hacia estos duques? No adelantemos acontecimientos: tiempo habrá para dar cumplida respuesta a esta pregunta. Todo tiene su causa, y pronto lo veremos. En todo caso, la causa hunde sus raices en la noche de los tiempos, raices profundas, cuando un niño de doce años cabalgaba con D. Quijote.

Volvamos al capitulo. Nuestros protagonistas brillan a gran altura, para mayor descrédito y menosprecio de los duques; Sancho aparece al natural, tiene mucho miedo, D. Quijote lo ve muy pusilánime, y el propio D. Quijote tiene que esforzarse mucho para que esa pusilanimidad no le hiciera algunas cosquillas en el ánimo. Pero incluso en esos momentos tan tensos encuentra Cervantes motivo para hacernos sonreír, le coge D. Quijote a Sancho las manos y le pide que antes de partir se de unos cuantos azotes. Obviamente, Sancho contesta diciendo que no es el lugar ni momento propicio, pero Cervantes ha conseguido arrancarnos de nuevo otra sonrisa.

El final es estupendo: Sancho comienza a mentir, dice haber visto la tierra y el cielo, haberse detenido a jugar con las cabrillas (parece ser que se refiere a las Pléyades) y da otros datos inverosímiles. Sancho miente, conscientemente, y asi lo revela D. Quijote: “o Sancho miente, o Sancho sueña”.

Claro. Sancho ha tenido buenos maestros en ese arte: los propios duques. Sancho…¡parece, por fin, haberles cogido el pulso! Por cierto, con lo de "cabrón" y "cuernos" ¿creo notar cierta antipatia visceral entre el duque y Sancho, o es que me lo parece?

Saludos.

miércoles, 17 de marzo de 2010

¿Libertad? de expresión.

Cuando era pequeño me importaba más lo que se decía que la categoría de la persona que lo decía. Me explico: mi mente analizaba y estudiaba lo que se decía, independientemente de la categoría social, humana o política de quien hablara, y si lo veía correcto le daba la razón, no haciéndolo en caso contrario.

A veces dábase el caso de que una persona humilde decía lo que sentía y yo estaba de acuerdo; y también me encontraba a veces con el caso del rico poderoso que, hablando disparates, encontraba siempre a su corte de fieles aduladores que, cual coro de gallinas cluecas, aplaudían estúpidamente sus “presuntas” gracias, o cualquier cosa que dijera.

Me acuerdo del caso de aquel ricachón, huérfano de educación y de buenas maneras, que solo por ser rico pensaba que era de otra materia distinta a la nuestra. Recuerdo perfectamente la escena, yo tenía unos quince años aproximados, debía de estar cursando 1º de BUP o así: hablando un día de política con los míos mostraba su malestar porque su voto valía lo mismo que el de un parado.

-¡Como va a valer lo mismo mi voto, el mio, que el de un parado! ¡Esto es injusto!

-Porque todos son iguales, eso es la grandeza de la democracia –tercié yo-.

-Callate, niño, que esto son cosas de mayores –me dijeron los mios, y me fulminaron con la mirada.

Obedecí y guardé silencio. Pero es que aquello me rebelaba. Pensaba: ¡pero si solo es un idiota con dinero!.

Y es que con el tiempo aprendes o, mejor, te “fuerzan” a aprender a darle la razón, no a quien la tiene, sino a quien la merece o a quien conviene dársela. Oscuros juegos, absurdos juegos, estúpidos juegos, inútiles juegos, que no hacen mas que esconder la verdad y taparla debajo de la mesa: como si la verdad, como si la luz pudiera contenerse. ¡Que estupidez!

La libertad es una conquista más difícil de lo que parece. ¿Libertad de expresión? Bendito aquel, lo repito por si alguien no lo entiende, bendito aquel que puede decir siempre lo que siente en cada momento. Porque, ¿verdaderamente somos libres? ¿Esta sociedad nos deja ser libres para decir lo que sentimos? ¿O más bien vivimos en una sociedad que nos obliga a decir “que borrachera tiene el cabrón”, si eres pobre, o “que malito está el señor”, si eras rico? ¡Cuando nos liberaremos de los absurdos prejuicios! O como sucedía con el famoso cuento de Andersen, “El traje nuevo del emperador”, nadie tenia agallas para decir la verdad, y al final tuvo que ser ¡un niño! -benditos niños- quien se atrevió a decir la verdad: “¡Pero si no lleva nada puesto!”

Y luego cometemos otro error: analizamos antes a la persona que a la idea, es decir, a quien dice algo que a lo que dice. Tenemos ese vicio, ese defecto, que le vamos a hacer; y la tragedia es que miles de buenas ideas (y a veces luminosas ideas) han sido sepultadas en el abismo de lo ignorado porque la sociedad ha juzgado más al autor de la idea -o su vida personal- que a la propia idea misma. Que pena. Que ceguera mas espantosa: se nos olvida que nadie es perfecto y que cualquiera tiene derecho a tener una buena idea.

En fin, así va el mundo.

lunes, 15 de marzo de 2010

La sombra

Siempre hacía las cosas porque era conveniente para sus intereses, no porque le apeteciera. El interés era su norte. Jamás dió paso en su mente a la espontaneidad: todo obedeció a un plan meticulosamente calculado, con una frialdad que daba miedo.

Cuando los suyos le daban cariño, lo administraba para sus inconfesables planes. Al final, después de tanto ruido, teatro y estúpida vanagloria, se demostró que solo el dinero la movía: el vil metal. En ese momento te caíste del pedestal: yo te tenía por alguien mucho más inteligente o de miras más elevadas. Pero no, me equivoqué: te juzgué demasiado bien, te sobrevaloré en exceso, no me di cuenta de la mezquindad que te inundaba.

Que pena que jamás hayas disfrutado de una mirada de amor; que jamás hayas gozado de una puesta de sol; que jamás hayas tenido la oportunidad de fundirte en un abrazo de placer con el ser amado.

Que lástima que no hayas comprendido que estamos aquí para partir, que nadie es eterno, y que solo somos poseedores temporales de bienes materiales. Y el caso es que si bien tus palabras revelan una cosa, tus hechos muestran todo lo contrario, eres una persona tan apegada a lo material que intuyo que te va a costar mucho trabajo partir de aquí.

Que tragedia, el tener que estar actuando siempre lejos de la bendita espontaneidad, y siempre por alguna causa o finalidad, teniendo que buscar y hallar explicaciones para todo.

Que pena que los demás sientan respeto hacia ti, pero no amor ni cariño.

Que terrible maldición, que nunca hayas sentido en tu interior la necesidad de hacer felices a los demás.

Que pena...que solo seas una sombra.