Quizá la búsqueda espiritual no consista tanto en adquirir algo que no tenemos como en descubrir algo que ya está en nosotros.
Ramana Maharshi llevaba la pregunta hasta su raíz: «¿Quién soy yo?». No se trataba de encontrar una nueva definición de nosotros mismos, sino de descubrir qué queda cuando dejamos de identificarnos con el cuerpo, los pensamientos, los recuerdos o la personalidad. Para él, el verdadero Ser —el Ātman— no era algo que hubiera que conquistar, sino algo que ya estaba presente y que nuestra identificación con lo mudable y cambiante nos impedía reconocer.
Krishnamurti llegaba por otro camino a una conclusión que, aunque diferente, me resulta muy cercana: no debemos aceptar respuestas prefabricadas sobre quiénes somos. Hay que mirar, observar y descubrir por nosotros mismos. La verdad no parece estar tanto en acumular conocimientos como en aprender a ver sin las interferencias de nuestros propios condicionamientos.
También me ha llamado la atención encontrar algo parecido en Confucio y, especialmente, en Mencio. Mencio hablaba de los «brotes» morales que existen en todos nosotros: la compasión, el sentido de la justicia, el respeto. No como algo que venga impuesto desde fuera, sino como una potencialidad propia de nuestra naturaleza que puede crecer o marchitarse según cómo vivamos. La virtud, entonces, no consiste solamente en aprender qué es el bien, sino en cultivar aquello bueno que ya existe en nosotros.
En Laozi, la idea adquiere otra dimensión. Todo procede del Tao, y el ser humano no está separado de ese principio. Por eso el camino no consiste tanto en acumular como en desprenderse: del exceso de deseo, de la ambición, de la necesidad de controlar y de imponer. Volver a la sencillez, al silencio y al wu wei, al «no forzar», es regresar a una armonía que, de algún modo, ya nos pertenecía.
Y algo semejante encuentro en los sufíes. Hablan del ruh, el espíritu, como esa dimensión profunda del ser humano vinculada a su origen divino, pero velada por el nafs, el ego, con sus deseos y apegos. El camino es entonces un camino de recuerdo, de dhikr: no tanto encontrar a Dios como algo lejano, sino despertar a aquello que siempre estuvo presente y que habíamos olvidado.
No pretendo decir que todos ellos pensaran lo mismo, pues existen enormes diferencias entre ellos. Pero quizá sí señalaron, cada uno a su manera y con su propia terminología, hacia una misma posibilidad: que lo más valioso de nosotros no tenga que ser construido desde fuera, sino reconocido, cultivado y liberado de aquello que lo mantiene oculto.
Tal vez por eso el camino espiritual sea, en cierto sentido, un camino de regreso. No para convertirnos en alguien extraordinario, sino para dejar de estar tan ocupados intentando ser alguien y poder descubrir, por fin, quién somos cuando todo lo demás guarda silencio.
Y quizá esa sea una de las preguntas más importantes que podemos hacernos.
No «¿qué me falta?».
Sino: «¿qué hay en mí que todavía no he aprendido a ver?»
Saludos.

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