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martes, 6 de mayo de 2008

El ocaso de los dioses.


Aún resuenan en mis oidos los estertores de muerte de los 70.000 romanos fallecidos en la batalla de Cannas, cuando Anibal, que entonces era muy joven, estaba en el apogeo de su poder, y Roma temblaba a sus pies; aún oigo los berridos de los elefantes cartagineses, el ruido de las espadas, los zumbidos de las catapultas, y los silbidos de las balistas. Aun creo percibir el polvo y el estruendo de muerte de la batalla.
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Y sin embargo, ¡ha pasado ya tanto tiempo! Casi 30 años ya.
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Tras la derrota de Zama (202 a. dC) Cartago pidió la paz. Mi ilustre tocayo, Publivs Cornelivs Scipio Africanvs (Escipión El Africano), vencedor de Anibal, hombre excepcional y noble de corazón, una de esas joyas humanas de la Historia, impidió que el rencoroso Senado romano impusiera sus draconianas condiciones a la derrotada Cartago atenuando en lo posible las cláusulas. Escipión no quería pasar a la Historia como el enterrador de Cartago y formuló una propuesta de paz que el Senado romano admitió.
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El Senado quería la cabeza de Aníbal, pero Escipión lo impidió. Lo que todo el ejército romano no había conseguido no lo iban a conseguir unos cuantos senadores rencorosos. Cartago tuvo que renunciar definitivamente a sus posesiones españolas, su armada, a excepción de 10 naves, fue entregada a los romanos que la incendiaron ante la ciudad, se prohibió a Cartago hacer la guerra contra sus vecinos sin permiso expreso de Roma y se fijó una indemnización de guerra de 10.000 talentos de plata (300.000 kilos) a pagar en 50 años.
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Además, tuvo que renunciar a parte de sus posesiones que pasaron a Masinisa, rey de los númidas (mortal enemigo de Cartago) con lo que su territorio africano quedó muy mermado. Era una enormidad, pero al menos la ciudad conseguía sobrevivir.
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Aníbal regresó a Cartago amargado. Si su gobierno le hubiera apoyado en Italia la realidad ahora sería otra, pero no tuvo tiempo de amargarse del todo porque su popularidad entre el pueblo púnico despertó el temor de la oligarquía comercial púnica que gobernaba Cartago, esa casta infame que anteponía sus beneficios a cualquier otra cosa.
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Aníbal fue elegido sufete e inició una investigación que demostró que mientras el pueblo se arruinaba los oligarcas se enriquecían con sus negocios, llegando algunos incluso a comerciar de contrabando con Roma. Aníbal exigió la devolución de las cantidades robadas por los oligarcas al tesoro público e impidió que la indemnización de guerra se pagara subiendo los impuestos al pueblo.
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Los oligarcas enviaron una delegación a Roma que denunció a Aníbal ante el Senado, acusándolo de traicionar el tratado de paz y conspirar para crear un ejército con el que atacar Roma. Escipión, con su gran y noble alma, asqueado ante tan repugnante traición, trató de impedir aquella atrocidad, y muy probablemente fue él quien avisó a Aníbal de lo que se tramaba, lo que le permitió huir de Cartago cuando el gobierno púnico estaba a punto de detenerle para entregarle a los romanos. El gobierno cartaginés le condenó a muerte en rebeldía, le confiscó todas sus posesiones y arrasó hasta los cimientos su casa.
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Aníbal, hundido moralmente, huyó al Asia Menor donde sirvió como general mercenario, pero las garras de roma instigadas y azuzadas por el rencor de los oligarcas cartagineses de siempre, le persiguieron, hasta que al fin, viejo, cansado, y enfermo, ya con 64 años (¡que lejos quedan ya los dias de tu gloria!) fue a parar bajo la protección de Prusias, Rey de Bitinia. Sin embargo, Roma consiguió descubrir el destino de su mortal enemigo, enviando una embajada de la que formó parte Flaminio, para solicitar de Prusias la entrega de Aníbal.
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Temeroso de la reacción que pudiera causar en Roma una negativa, pero sin querer faltar al deber de la hospitalidad, Prusias accedió pero diciéndoles a los embajadores que procediesen ellos mismos a su captura, ya que no les sería difícil encontrar su morada. La encontraron y rodearon con soldados todas las salidas del castillo.
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Aníbal, enterado de que no había escapatoria, tomó un veneno que siempre llevaba en su anillo y pronunció sus últimas y célebres palabras "Libremos a Roma de sus inquietudes, ya que no sabe esperar la muerte de un anciano".
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Ese mismo año, en Italia (año 183 a. dC, habian transcurrido ya 33 años desde la famosa batalla de Cannas) fallecería también Escipión el Africano. Dice la leyenda que Escipión, una vez que conoció la muerte de Anibal, lloró, y exclamó: "¡Maldito destino, que ha hecho que el mejor general de la historia y el más noble de los hombres haya tenido que ser mi adversario! Juntos hubieramos dominado el mundo."
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Este fue el fin de Cartago y del Cartaginés más grande que ha dado la historia, el Gran ANIBAL, mi heroe de la infancia.
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Salu2.
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P.D. Dedicado con afecto a Cassius K, cuyo comentario al post de ayer agradezco, y que me ha movido a escribir este post sobre el fin de Anibal.
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3 comentarios:

Cassius K dijo...

Gracias por aclarar muchísimos puntos sobre el final de Aníbal el rayo, no sabía que el veneno lo portaba en un anillo, menuda sangre fría y según parece su enemigo, tu tocayo Escipión parece que estableció un vínculo con él por medio de la batalla, otra cosa no pero honor no faltaba en algunas batallas por aquellos tiempos.

Gracias de nuevo por compartir lo bien documentado que estás acerca de la historia de Roma, una entretenida y útil lectura para quienes no estamos bien empapados de la importante historia las civilizaciones.

Ave Cornelivs!

PUBLIVS CORNELIVS SCIPIO dijo...

De nada, amigo, ha sido un placer.
Salu2.

Isabel Romana dijo...

En la antiguedad, se sabía apreciar y respetar a un rival e incluso a un enemigo. No como ahora. Creo que Aníbal y Escipión fueron generales excepcionales y personas de bien. Respecto a Escipión, tengo escrita en mi blog una pequeña serie de 3 o 4 entradas bajo la etiqueta "Las mujeres de Escipión" que también revela que supo elegir en su vida privada. Besitos.