Ya sabeis que hace muy pocas semanas publiqué mi
primer libro, "Cuando la luz del alma despierta" (de
venta a través de Amazon). Sin embargo, hay algo que no esperaba cuando di ese
paso. Pensaba que, después de haber escrito sobre temas como la calma, el
equilibrio o la coherencia, todo eso sería más fácil de vivir, como si el hecho
de haberlo comprendido y puesto por escrito me colocara automáticamente en otro
nivel. Y ahora veo que la realidad ha sido distinta, pues he comprobado,
nuevamente, algo que nunca olvidé: que solo soy un hombre (“homine te esse
memento”), y, como tal, sigo teniendo dudas e incertidumbres y sigo
sintiendo, en determinados momentos, esa inquietud que precisamente me llevó a
escribir.
Porque comprender algo no significa haberlo
incorporado. La mente puede aceptar una idea con rapidez, incluso con claridad,
pero la vida interior no cambia al mismo ritmo porque arrastramos inercias,
hábitos emocionales, formas de reaccionar que llevan años —a veces toda una
vida— repitiéndose en silencio dentro de nosotros. Uno puede tener claro lo que
es lo correcto, lo equilibrado… e intenta de todo corazón ser coherente y
ponerlo en práctica, y aun así no conseguir actuar conforme a ello. No por
falta de ganas ni de voluntad consciente, sino porque hay capas más profundas
—emocionales, casi automáticas— que siguen funcionando con la lógica anterior.
En el fondo, es la diferencia entre entender y transformar.
Séneca lo reconocía con una honestidad sorprendente cuando escribía: “No soy un sabio, ni lo seré… pero soy amante de la sabiduría”. Y añadía: “Aunque sea de lejos, y arrastrándome… intento seguir tras la virtud”. En otra ocasión admitía algo aún más claro: “Digo lo que se debe hacer, no lo que yo hago”. Hay en esas palabras una aceptación profunda de esa distancia entre el ideal y la práctica, entre el pensamiento y la vida real. Él vislumbraba el camino de la virtud, pero sabía que recorrerlo no era sencillo. Algo parecido se percibe en Marco Aurelio, cuyas Meditaciones, más que un tratado, son un diálogo consigo mismo. En ellas se repite a sí mismo constantemente recordatorios como: “Deja ya los libros, no pierdas más tiempo diciendo lo que debe ser un buen hombre; sé uno”, o “Recuerda que puedes actuar rectamente ahora”. Al fin y al cabo, ellos también eran hombres, sabios, si; pero hombres. Y si los lees, apreciarás claramente que no escribían como quien ya ha llegado, sino como quien necesita recordarse permanentemente el camino, porque sabían perfectamente lo duro que era y lo fácil que es desviarse. Y eso, lejos de restar valor a lo que decían, lo incrementa. Porque muestra que el problema no es no saber, sino sostener lo que uno sabe frente a la inercia de lo que ha sido durante años. Y algo muy importante he aprendido: el hecho de que sea dificil el camino... no significa que no merezca la pena -y mucho- intentar recorrerlo y avanzar por él, sino todo lo contrario. Nadie dijo que ese camino fuera fácil: pero verás que está lleno de recompensas.
Hace unos días, hablando con un buen amigo mio —que ya ha leído mi libro—, le comentaba mi miedo al futuro, esa sensación de incertidumbre que aparece cuando uno no tiene todo bajo control. En medio de la conversación, me dijo: “¿para eso has escrito un libro?”. Me sorprendió mucho el comentario, pero pensándolo con calma, entendí que fue por lo que quizás dejaba entrever: la idea de que, si has escrito sobre ciertas cosas, deberías tenerlas ya resueltas. Como si entender algo implicara necesariamente que ya puedes vivir automáticamente conforme a ello y no hubiera distancia entre lo que uno comprende y lo que uno es capaz de sostener en su vida diaria.
Por eso, al final del libro digo que ese final no es
realmente el final, sino el comienzo. Cuando uno vislumbra la luz —aunque sea
por un instante— algo cambia; no deja de caer una y
otra vez, pero ya sabe levantarse y hacia
dónde dirigir la mirada y su camino con nueva ilusión. Y en
ese camino hay algo nuevo: esperanza.
En este sentido, Jesús de Nazaret y Buda fueron
especialmente claros conmigo en esas conversaciones que desarrollo en el libro,
donde confronto mis propias inquietudes con su forma de pensar: no basta con
entender una enseñanza, hay que practicarla de forma constante. La paz interior
no se alcanza solo entendiendo el camino, sino
recorriendolo observando la mente y soltando poco a poco aquello que
nos ata. Saber no es suficiente. Hay que entrenarse en ese saber hasta que se
convierta en forma de vivir.
Por ello si alguien se acerca a mi libro esperando
encontrar a alguien que ya ha resuelto todo esto, probablemente se equivoque:
solo encontrará a un ser humano que trata de levantarse despues de cada caida y
que intenta caminar tras la luz, siguiendo la estela de aquellos sabios; y
así lo narro en el prólogo, cuya lectura recomiendo encarecidamente.
Pero si lo entiende como lo que es —un intento sincero de mirar hacia
dentro y ordenar ciertas preguntas—, entonces si tiene sentido. Porque al
final hay algo que sí es importante: descubrir la luz, y entender, aunque sea
por momentos, qué camino tiene más verdad, más coherencia, más sentido.
A partir de ahí, queda lo más difícil: seguir esa
senda. Pero ya no caminamos a ciegas, y eso, aunque no lo parezca, lo cambia
todo. Pero es una gran pena que muchos pasen por aquí sin haber llegado a
vislumbrarla.
Y sí, amigo; para eso he escrito el libro: para recordarme a mí mismo que no soy más que un hombre lleno de imperfecciones, y que mi tarea no es otra que seguir intentando, siempre, recorrer el camino de la virtud. Como Séneca: “aunque sea de lejos y arrastrándome… intento seguir tras la virtud”.
Saludos.

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