"Cree a aquellos que buscan la verdad, duda de los que la han encontrado" (André Gide)
"No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defendería con mi vida tu derecho a expresarlo" (Voltaire)

"La religión es algo verdadero para los pobres, falso para los sabios y útil para los dirigentes" (Lucio Anneo Séneca)
"Cualquier hombre puede caer en un error, pero solo los necios perseveran en él" (Marco Tulio Cicerón)
"Quien no haya sufrido como yo, que no me de consejos" (Sófocles)
"No juzguéis y no sereis juzgados" (Jesús de Nazaret)
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20/10/2026

Como el budismo me acercó de nuevo a Jesus: cuando otro camino te devuelve a casa.

 

Hace tiempo leí una historia que me hizo reflexionar, parece que es una anécdota real. Thich Nhat Hanh (en la imagen de la izquierda, tomada de internet)  el sabio maestro budista vietnamita, explicaba que existía una idea equivocada: pensar que para practicar el budismo había que adorar a Buda o dejar de ser cristiano. Para ilustrarlo, contó que había conocido a un sacerdote católico que vivía en un monasterio budista en Francia. El sacerdote le dijo que las enseñanzas budistas le ayudaban a ser mejor cristiano. Thich Nhat Hanh concluyó: «Eso me encanta». Yo habría expresado aquella idea de una manera ligeramente diferente: el budismo me ayudó a entender mejor a Jesús.

Llevo más de treinta años buscando respuestas en las enseñanzas de grandes maestros. Durante ese tiempo he descubierto que acercarse a una tradición diferente no tiene por qué alejarnos de aquello que amamos. A veces sucede lo contrario: regresamos a lo que creíamos conocer y descubrimos en ello una profundidad que antes no habíamos percibido.

Mi acercamiento a Jesús nace, ante todo, de sus palabras y de lo que estas despiertan en mí. Sin embargo, siento la necesidad de distinguir entre las enseñanzas de Jesús y las interpretaciones que los hombres han hecho de su mensaje a lo largo de los siglos; porque mientras mas me acerco a Jesús, más me alejo del cristianismo institucional y del modo en que la Iglesia ha interpretado su mensaje y ha intentado imponerlo por el uso de la fuerza  a lo largo de la historia. 

He seguido la enseñanza de varios maestros budistas como al propio Thich Nhat Hanh. Esta enseñanza es admirable.  El budismo  me enseñó a observar mi mente, a comprender mejor el sufrimiento, a aceptar la impermanencia de la vida y de las cosas terrenales,  y a reconocer hasta qué punto nuestros deseos, nuestros miedos y nuestros apegos pueden robarnos la tranquilidad. Me ayudó a amar al prójimo con la idea del amor benevolente y la compasión universal hacia los demas, recordandome vivamente  al amor al projimo de Jesús; y sobre todo me ayudó a mirar hacia dentro, o por decirlo de alguna manera, el budismo limpió mi mirada de prejuicios, condicionamientos  e ideas preconcebidas, como quien limpia el cristal de una lente. Y, cuando volví a las palabras de Jesús, muchas de ellas adquirieron para mí un significado más profundo, que difícilmente habría llegado a apreciar de otro modo. Comencé a contemplar de otra forma sus enseñanzas sobre el amor, el perdón, el desprendimiento y la libertad interior. Sentí que me acercaba un poco más al mensaje original de Jesús.

No digo que Buda y Jesús enseñaran lo mismo, pues sus tradiciones tienen diferencias importantes. Pero ¿por qué habríamos de rechazar una enseñanza valiosa solo porque procede de un camino diferente del nuestro? A mí me gusta la verdad, venga de donde venga y la diga quien la diga. Y el budismo me ha enseñado un buen puñado de grandes verdades.

Por otra parte, a lo largo de la historia las creencias también han levantado fronteras y alimentado enfrentamientos, guerras, desolación y muerte. A veces, el ser humano ha defendido sus convicciones con tanta vehemencia que ha terminado olvidando aquello que decía defender: el amor, la compasión y el respeto por los demás. Quizá nos hemos preocupado demasiado por demostrar que teníamos razón y demasiado poco por preguntarnos si nuestras creencias nos ayudaban a vivir mejor. 

Se trata de mantener una mente abierta y la puerta del aprendizaje siempre entornada. Podemos sentirnos profundamente vinculados a una tradición y, al mismo tiempo, escuchar a quienes recorren otros caminos. Podemos aprender de Buda, de Jesús, de Marco Aurelio, de Jiddu Krishnamurti, de Ramana Maharshi o de Laozí sin necesidad de confundir sus enseñanzas.

A mis sesenta y un años, después de tantas lecturas y reflexiones, no pretendo haber encontrado todas las respuestas. Cada vez me interesa menos demostrar que tengo razón y mucho más descubrir cómo puedo vivir con mayor serenidad, comprender mejor a los demás y reconocer mis propios errores.  Por eso sigo leyendo a los grandes maestros. No porque espere encontrar en ellos una respuesta definitiva a todos los misterios de la existencia, sino porque sus palabras me ayudan a mirar hacia dentro y a reconocer cuánto me queda todavía por aprender.

No necesito dejar de amar a mi Rabí para aprender de otros maestros. Tampoco necesito cerrar los ojos ante otros caminos para ser fiel a aquello que llevo en el corazón.  Buda no sustituyó a Jesús; todo lo contrario. Sus enseñanzas me ayudaron a mirarlo y comprenderlo mucho mejor, y a sentirlo mucho más cerca.

Quizá esa sea una de las lecciones más hermosas que he aprendido durante todos estos años: el encuentro con alguien diferente no tiene por qué alejarnos de aquello que amamos. A veces, nos devuelve a casa y nos permite verla con ojos nuevos. Porque seguir buscando no significa carecer de convicciones, sino conservar la humildad necesaria para reconocer que nuestra comprensión siempre puede crecer. Nacemos ignorando y morimos aprendiendo. Y quizá la sabiduría comience precisamente ahí: cuando dejamos de temer lo que podemos aprender de los demás y, sin renunciar a nuestras convicciones, mantenemos el corazón abierto a escuchar, a cuestionarnos y a amar.

Al fin y al cabo, todos los seres humanos, con independencia de nuestra raza, condición, sexo, edad o religión, nacemos libres e iguales y estamos hechos del mismo material. Quizás fuera bueno recordarlo de vez en cuando.

Pablo J. Gamez Rodríguez.

 

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