Llevo más de treinta años buscando respuestas en las
enseñanzas de grandes maestros. Durante ese tiempo he descubierto que acercarse
a una tradición diferente no tiene por qué alejarnos de aquello que amamos. A
veces sucede lo contrario: regresamos a lo que creíamos conocer y
descubrimos en ello una profundidad que antes no habíamos percibido.
Mi acercamiento a Jesús nace, ante todo, de sus palabras y de lo que estas despiertan en mí. Sin embargo, siento la necesidad de distinguir entre las enseñanzas de Jesús y las interpretaciones que los hombres han hecho de su mensaje a lo largo de los siglos; porque mientras mas me acerco a Jesús, más me alejo del cristianismo institucional y del modo en que la Iglesia ha interpretado su mensaje y ha intentado imponerlo por el uso de la fuerza a lo largo de la historia.
He seguido la enseñanza de varios maestros budistas como al propio Thich Nhat Hanh. Esta enseñanza es admirable. El budismo me
enseñó a observar mi mente, a comprender mejor el sufrimiento, a aceptar la impermanencia de la vida y de las cosas terrenales, y a reconocer
hasta qué punto nuestros deseos, nuestros miedos y nuestros apegos pueden
robarnos la tranquilidad. Me ayudó a amar al prójimo con la idea del amor benevolente y la compasión universal hacia los demas, recordandome vivamente al amor al projimo de Jesús; y sobre todo me ayudó a mirar hacia dentro, o por decirlo de alguna
manera, el budismo limpió mi mirada de prejuicios, condicionamientos e ideas preconcebidas, como quien limpia el
cristal de una lente. Y, cuando volví a las palabras de Jesús, muchas de ellas
adquirieron para mí un significado más profundo, que difícilmente habría
llegado a apreciar de otro modo. Comencé a
contemplar de otra forma sus enseñanzas sobre el amor, el perdón, el
desprendimiento y la libertad interior. Sentí que me acercaba un poco más al mensaje
original de Jesús.
No digo que Buda y Jesús enseñaran lo mismo, pues sus
tradiciones tienen diferencias importantes. Pero ¿por qué habríamos de rechazar
una enseñanza valiosa solo porque procede de un camino diferente del nuestro? A
mí me gusta la verdad, venga de donde venga y la diga quien la diga. Y el budismo
me ha enseñado un buen puñado de grandes verdades.
Por otra parte, a lo largo de la historia las
creencias también han levantado fronteras y alimentado enfrentamientos,
guerras, desolación y muerte. A veces, el ser humano ha defendido sus
convicciones con tanta vehemencia que ha terminado olvidando aquello que decía
defender: el amor, la compasión y el respeto por los demás. Quizá nos hemos
preocupado demasiado por demostrar que teníamos razón y demasiado poco por
preguntarnos si nuestras creencias nos ayudaban a vivir mejor.
Se trata de mantener una mente abierta y la puerta del aprendizaje siempre
entornada. Podemos sentirnos profundamente vinculados a una tradición y, al
mismo tiempo, escuchar a quienes recorren otros caminos. Podemos aprender de
Buda, de Jesús, de Marco Aurelio, de Jiddu Krishnamurti, de Ramana Maharshi o de Laozí sin
necesidad de confundir sus enseñanzas.
A mis sesenta y un años, después de tantas lecturas y reflexiones, no pretendo haber encontrado todas las respuestas. Cada vez me interesa menos demostrar que tengo razón y mucho más descubrir cómo puedo vivir con mayor serenidad, comprender mejor a los demás y reconocer mis propios errores. Por eso sigo leyendo a los grandes maestros. No porque espere encontrar en ellos una respuesta definitiva a todos los misterios de la existencia, sino porque sus palabras me ayudan a mirar hacia dentro y a reconocer cuánto me queda todavía por aprender.
No necesito dejar de amar a mi Rabí para aprender de otros maestros. Tampoco necesito cerrar los ojos ante otros caminos para ser fiel a aquello que llevo en el corazón. Buda no sustituyó a Jesús; todo lo contrario. Sus enseñanzas me ayudaron a mirarlo y comprenderlo mucho mejor, y a sentirlo mucho más cerca.
Quizá esa sea una de las lecciones más hermosas que he aprendido durante todos estos años: el encuentro con alguien diferente no tiene por qué alejarnos de aquello que amamos. A veces, nos devuelve a casa y nos permite verla con ojos nuevos. Porque seguir buscando no significa carecer de convicciones, sino conservar la humildad necesaria para reconocer que nuestra comprensión siempre puede crecer. Nacemos ignorando y morimos aprendiendo. Y quizá la sabiduría comience precisamente ahí: cuando dejamos de temer lo que podemos aprender de los demás y, sin renunciar a nuestras convicciones, mantenemos el corazón abierto a escuchar, a cuestionarnos y a amar.
Al fin y al cabo, todos los seres humanos, con
independencia de nuestra raza, condición, sexo, edad o religión, nacemos libres
e iguales y estamos hechos del mismo material. Quizás fuera bueno recordarlo de vez en cuando.
Pablo J. Gamez Rodríguez.
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