—¡Está llena! ¡Ya no cabe más té! —exclama el
profesor.
—Como esta taza, tú estás lleno de tus propias
opiniones y conocimientos. ¿Cómo puedo enseñarte algo si antes no vacías tu
taza? —le responde el maestro.
Tengo 61 años y sigo aprendiendo. Y lo digo con gratitud hacia la Vida, porque, después de todo lo vivido, aún es capaz de sorprenderme y enseñarme cosas nuevas. Bien es cierto que los años me han dado experiencia, me han permitido conocerme mejor y me han enseñado lecciones que difícilmente habría aprendido de otra manera. Pero también me han mostrado que siempre queda algo por descubrir. Igualmente, he aprendido que la sabiduría no viene sola con los años: hay que buscarla; porque vivir mucho no significa necesariamente comprender mucho. La experiencia puede ayudarnos a ampliar nuestra mirada, pero también podemos utilizarla para justificar nuestros prejuicios y aferrarnos a certezas que quizá sean erróneas. Todo depende de lo que hagamos con ella.
Por eso, a diferencia de quienes presumen de estar de
vuelta de todo, yo prefiero seguir de ida, con la curiosidad de quien sabe
que aún le queda mucho por descubrir. Me
sorprenden mucho esas personas que parecen haber llegado a la conclusión de que
ya nada puede enseñarles. Hablan como si lo hubieran visto todo, como si sus
experiencias les concedieran una autoridad definitiva y escuchar una idea
diferente fuera una pérdida de tiempo. Confunden la sabiduría con la seguridad
con la que defienden sus opiniones y terminan utilizando los años, que podrían
haberles ayudado a comprender mejor a los demás, para atrincherarse en sus
propias certezas. ¡Qué paradoja! Presumen de haber recorrido todos los caminos,
pero se niegan a explorar uno nuevo. Cuando las observo, no las veo de vuelta,
sino estancadas.
Al pensar en esta actitud, me viene a la memoria un episodio que para mí tiene una enseñanza muy parecida -por no decir casi idéntica- al episodio de la taza de té, me refiero al
encuentro de Jesús con Nicodemo, relatado en el Evangelio. Nicodemo era
un hombre instruido que acudió a Jesús buscando respuestas. Sin embargo, cuando
éste le dijo que debía nacer de nuevo para ver el Reino de Dios,
se quedó desconcertado:
—¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? —preguntó.
Me pregunto cuántas veces nos ocurre lo mismo.
¿Cuántas cosas rechazamos simplemente porque nunca las habíamos contemplado
desde otra perspectiva? ¿Cuántas veces nos aferramos a una opinión porque
reconocer que estábamos equivocados nos resulta más difícil que seguir
defendiéndola? A
veces, lo que más nos impide crecer no es equivocarnos, sino la dificultad de
aceptar que nos hemos equivocado, y nos aferramos tanto a nuestras propias
certezas que preferimos defenderlas antes que abrirnos a la posibilidad de
descubrir que quizá no teníamos razón. Y tal vez una de las formas más
difíciles de renacer sea precisamente esa: aprender a reconocer que no siempre
somos nosotros quienes tenemos razón.
Y no hace falta tener muchos años para caer en esa
trampa. Uno puede tener veinte años y estar encerrado en sus certezas, o tener
ochenta y conservar intacta la curiosidad de quien todavía se maravilla ante la
vida. La verdadera limitación no está en la edad, sino en nuestra
resistencia interior a cuestionarnos las cosas.
Yo quiero seguir aprendiendo de aquellas palabras que Jesús dirigió a Nicodemo. Por eso no quiero pasar los años que me queden convencido de que ya he aprendido suficiente. No quiero poner límite alguno a mi capacidad de cambiar, comprender y descubrir. Quiero escuchar a quien piensa de manera diferente, reconocer mis errores sin vivirlos como una derrota y cambiar de opinión cuando descubra que estaba equivocado. No quiero ser un hombre que tenga siempre razón; quiero ser capaz de reconocer que puedo estar equivocado. Para mí ese es uno de los sentidos más profundos del renacimiento del que Jesús habló a Nicodemo: renacer a la verdad, estar dispuesto a buscarla y dejar que transforme nuestra manera de vivir.
A mi edad, sé que no soy el mismo hombre que fui a los veinte, a los treinta o a los cuarenta. He vivido, he amado, me he equivocado y he sufrido, pero también he conocido muchos momentos de felicidad. Todo ello forma parte de mi experiencia y ha contribuido a hacer de mí quien soy. Y no reniego de lo aprendido: lo acepto, pero no quiero convertirlo en una frontera que me impida seguir creciendo. Por eso sigo leyendo, reflexionando y buscando. He descubierto que la vida siempre puede ofrecernos una perspectiva distinta que antes no habíamos tenido en cuenta. Aprender consiste también en eso: no solo en añadir conocimientos, sino también en permitir que lo aprendido transforme nuestra manera de mirar, y de actuar.
No aspiro a saber mucho, sino a algo mucho más sencillo: conservar la curiosidad, la capacidad de cuestionarme y de hacerme preguntas, y la disposición a dejarme enseñar y sorprender por la vida. Y si algún día siento que mi taza está llena, espero tener la humildad suficiente para detenerme y preguntarme si ha llegado el momento de vaciarla para hacer sitio a algo nuevo.
Porque renacer no consiste en dejar de ser tú, ni en convertirse en otra persona, sino en dejar de estar encerrados en quienes creemos que somos. Mientras la vida siga sorprendiéndome y yo conserve la voluntad de aprender de ella, siempre habrá espacio para un poco más de té. Y eso, a mis 61 años, me parece un hermoso motivo para seguir caminando. Y ¿sabes qué? Me hace feliz.
Pablo J. Gámez Rodríguez


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