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"Quien no haya sufrido como yo, que no me de consejos" (Sófocles)
"No juzguéis y no sereis juzgados" (Jesús de Nazaret)
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15/10/2026

Lo verdaderamente importante no debería esperar a mañana

 

A veces pienso —y a mi edad, quizá con más motivo— que la vida pasa demasiado deprisa. Mientras estamos ocupados resolviendo nuestros problemas, defendiendo nuestras razones o esperando que los demás nos comprendan, dejamos escapar aquello que más valor tiene: los pequeños momentos compartidos con las personas que queremos.

Curiosamente, muchas de las cosas que un día echaremos de menos son precisamente aquellas a las que hoy apenas prestamos atención. Una conversación junto a la mesa, una risa inesperada, un abrazo, una mirada cómplice o simplemente la presencia de alguien con quien podemos compartir el silencio. Vivimos esos momentos convencidos de que habrá muchos más, sin comprender que ninguno volverá a repetirse exactamente de la misma manera.

Con los años vamos descubriendo que nadie sabe vivir del todo bien, porque vivir es un oficio que se aprende a diario. Todos tenemos nuestras luces y nuestras sombras, nuestros aciertos y nuestros errores, y a veces nuestras imperfecciones hacen daño a las personas que queremos. Pero una de las cosas más hermosas de la vida es la posibilidad de aprender y mejorar cada día. Luchemos contra nuestros defectos y no nos resignemos a ser sus esclavos, estoy convencido de que es preferible levantarse y luchar por vencerlos que vivir cómodamente sometidos a ellos, amparándonos en la cómoda y falsa excusa de que forman parte de nuestro carácter.

También debemos aprender a mirar a los demás con paciencia y comprensión, sabiendo que crecer como personas es un camino que no siempre se avanza en línea recta. A veces avanzamos, otras tropezamos, pero eso no resta valor a lo que se ha aprendido ni al camino recorrido. Al fin y al cabo, todo el mundo necesita tiempo para convertir sus buenos propósitos en una forma nueva de vivir. Y un abrazo o una simple palabra de ánimo, de vez en cuando, no viene nada mal.

Con el tiempo comprendemos que la vida no consiste solamente en alcanzar metas o acumular experiencias, sino también en aprender a mirar el mundo con más serenidad, a escuchar con más atención y a descubrir la belleza de las cosas sencillas. Quizá madurar sea, en buena medida, dejar de dar tanta importancia a lo que nos separa y aprender a reconocer el inmenso valor de aquello que nos une. Muchas de las cosas que parecían imprescindibles pierden importancia, mientras que otras, que apenas advertíamos, terminan revelándose como las más valiosas.

También necesitamos comprender que el amor, por sí solo, no siempre basta. Hay que cuidarlo, expresarlo y alimentarlo con respeto, escucha y pequeños gestos cotidianos. Podemos discrepar sin herirnos, defender nuestra dignidad sin humillar y expresar aquello que nos duele sin convertir al otro en un enemigo. A veces, incluso teniendo razón, olvidamos que la manera en que tratamos a alguien importa tanto como aquello que pretendemos demostrarle. 

Y hay algo más que la vida, tarde o temprano, termina enseñándonos: no podemos decidir cómo recibirán los demás nuestro cariño. Podemos ofrecer una palabra y no obtener respuesta, tender una mano y encontrar distancia, compartir algo que consideramos valioso sin despertar el interés que esperábamos. Eso puede doler, porque somos humanos y necesitamos sentirnos queridos. Pero nuestro valor no debería depender de la reacción ajena. Podemos amar sin exigir, ofrecer sin pasar factura y mantener abierta una puerta sin obligar a nadie a cruzarla.

Como hace la higuera, que ofrece sus frutos a todo caminante, sin obligar a nadie a tomarlos.  

Quizá la verdadera sabiduría consista en aprender a vivir con esa mezcla de amor y libertad: dar lo mejor de nosotros sin convertirlo en una deuda, aceptar nuestras imperfecciones sin dejar de trabajar en ellas y comprender que cada persona recorre su propio camino, a su propio ritmo.

Cuando miremos hacia atrás, seguramente no nos preguntaremos cuántas discusiones ganamos ni cuántas veces conseguimos demostrar que teníamos razón. Tal vez recordemos, sobre todo, a quienes nos hicieron sentir queridos, las veces que supimos perdonar, los abrazos que ofrecimos a tiempo y aquellas palabras que tuvimos el valor de pronunciar.

Por eso, no dejemos todos los abrazos para las reconciliaciones ni las palabras bonitas para las despedidas. No esperemos a que la ausencia nos enseñe el valor de una presencia. La vida es demasiado breve para vivir permanentemente a la espera de que todo sea perfecto, de que los demás nos comprendan por completo o de que llegue el momento ideal para expresar lo que sentimos. No podremos evitar todos los desencuentros ni conseguir que nuestras relaciones sean siempre como soñamos. Pero podemos procurar que las heridas no nos roben la ternura, que el orgullo no nos impida acercarnos y que las dificultades no nos hagan olvidar lo esencial: aprender de nuestros errores e intentar que nuestra presencia en la vida de los demás haya sido motivo de alegría, de confianza y de amor.

La vida no nos pide que seamos perfectos. Nos ofrece, cada día, una nueva oportunidad para aprender a querer mejor.

Y quizá no deberíamos dejar pasar la de hoy.

Pablo J. Gámez Rodríguez.


2 comentarios:

Anónimo dijo...

A veces necesitamos que el tiempo nos enseñe lo que realmente importa, los pequeños gestos son los que realmente importan, escuchar vale más que discutir y que reconocer un error no nos hace más débiles, sino más cercanos. Si aprendiéramos a cuidar más lo que nos une y a demostrar el cariño sin esperar a que sea el momento adecuado, la vida sería más sencilla
La vida es demasiado valiosa, llenémosla de empatía, amor y pequeños gestos que nos la hagan vivir con alegria

Anónimo dijo...

Una reflexión muy serena y llena de sensibilidad.
Al final, lo que dejamos en las personas que queremos vale más que la razón.