"Cree a aquellos que buscan la verdad, duda de los que la han encontrado" (André Gide)
"No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defendería con mi vida tu derecho a expresarlo" (Voltaire)

"La religión es algo verdadero para los pobres, falso para los sabios y útil para los dirigentes" (Lucio Anneo Séneca)
"Cualquier hombre puede caer en un error, pero solo los necios perseveran en él" (Marco Tulio Cicerón)
"Quien no haya sufrido como yo, que no me de consejos" (Sófocles)
"No juzguéis y no sereis juzgados" (Jesús de Nazaret)
. . .

jueves, 30 de abril de 2009

Una breve pausa.


No, no me voy de viaje, ojala fuera así.

A toda prisa, y casi sin tiempo, os informo de que son circunstancias laborales y personales las que me van a impedir, por unos dias, postear y visitar vuestros blogs. Todo volverá a estar en orden -espero-, el proximo lunes, 4 de Mayo.

Para los que os vayais de puente, os deseo que disfrutéis al máximo, y para los que no tengáis esa suerte: que os sea lo mas agradable y llevadero posible.

¡Os echaré de menos...! ¡Que lo paseis bien...!

Saludos.


miércoles, 29 de abril de 2009

Ese acordeón... (Volver, 2ª Parte)

Me encuentro ahora en el año 1.930 en Buenos Aires, Argentina, en el Barrio del Abasto, donde se crió el inmortal Carlos Gardel, cuya voz ha sido declarada patrimonio de la Humanidad. Estoy con mi añorado padre, sentado en un bar de la zona, degustando un buen vino de la tierra. De pronto, una melodía sublime, dulce y profunda me alcanza en el corazón. Es un acordeón que entona su canto lastimero, serio, triste, pero profundo, amable, cálido y verdadero.

Ese acordeón…

Es increíble. Ya dije en Volver 1ª parte (haced click) que fue mi padre el que me inculcó el cariño hacia Argentina, ese gran pais hermano que historicamente ayudó a España en malos momentos, cosa digna siempre de recuerdo y de agradecimiento. Desde pequeño yo oia a mi padre cantar tangos, le gustaba hacerlo. Por ello, de siempre he profesado gran cariño y afecto hacia esa música, siendo grande mi devoción por Gardel, que es, fue y será siempre, para mi, el Rey del Tango.

Quizás por ello tengo asociado en mi mente el acordeón con Argentina y con el recuerdo de mi padre, no sé por qué. Pero para mi es un recuerdo bello y hermoso. Y siempre me ha resultado muy difícil explicar que siento cuando oigo la dulce melodía que emana de ese instrumento, insisto, súblime para mí. No lo he conseguido nunca. Pero ayer la literatura vino en mi ayuda. Y esa ayuda me viene, nada más y nada menos, que de Pio Baroja ("Elogio sentimental del acordeón") que describió a la perfección ese sentimiento que yo siempre quise y nunca acerté a plasmar.

El texto, indudablemente, no tiene desperdicio. Ya lo conocía, pero esta vez me ha llegado como nunca. Me he entretenido en examinar cada coma, cada letra, cada punto, cada palabra, penetrando en el espiritu que emana de él. Aquí esta:

"¡Oh la enorme tristeza de la voz cascada, de la voz mortecina que sale del pulmón de ese plebeyo, de ese poco romántico instrumento!

Es una voz que dice algo monótono, como la misma vida; algo que no es gallardo, ni aristocrático, ni antiguo; algo que no es extraordinario ni grande, sino pequeño y vulgar, como los trabajos y los dolores cotidianos de la existencia.

¡Oh la extraña poesía de las cosas vulgares!

Esa voz humilde que aburre, que cansa, que fastidia al principio, revela poco a poco los secretos que oculta entre sus notas, se clarea, se transparenta, y en ella se traslucen las miserias del vivir de los rudos marineros, de los infelices pescadores; las penalidades de los que luchan en el mar y en la tierra con la vela y con la máquina; las amarguras de todos los hombres uniformados con el traje azul sufrido y pobre del trabajo.

¡Oh modestos acordeones! ¡Simpáticos acordeones! Vosotros no contáis grandes mentiras poéticas como la fastuosa guitarra; vosotros no inventáis leyendas pastoriles como la zampoña o la gaita; vosotros no llenáis de humo la cabeza de los hombres como las estridentes cornetas o los bélicos tambores. Vosotros sois de nuestra época: humildes, sinceros, dulcemente plebeyos, quizá ridículamente plebeyos; pero vosotros decís de la vida lo que quizá la vida es en realidad: una melodía vulgar, monótona, ramplona ante el horizonte ilimitado..."

Ese acordeón...

A mi padre le hubiera gustado enormemente conocer Buenos Aires. Y mientras esa dulce melodía sigue resonando y acariciando dulcemente mi corazón, pienso que quizás el hijo cumpla su deseo.

Saludos.

P.D. Adición a esta entrada. 19,35 horas. Acojo con agrado las sugerencias de mis amigos de Argentina, a quienes envio un cálido abrazo. Me dicen que el instrumento de allí no es el acordeón sino el bandoneón, instrumento similar y de sonido y melodia parecida. Lo hago constar así. Gracias...!

martes, 28 de abril de 2009

Carta a un hombre a veces triste

Percibo esa sombra de tristeza en tus ojos. ¿Qué te pasa? A veces eres contradictorio: en ocasiones tienes muy buen humor y ries con ganas, con esas carcajadas tuyas tan espontáneas y francas que son contagiosas. Pero en otros momentos cuando te observo, te veo triste, serio, pensativo. Cuando estás en algun sitio público y no te interesa la conversación, bien porque no tienes ganas de hablar, o bien porque la reputas como una banalidad, observo que te aislas, y te sumerges en tus inescrutables pensamientos; a veces, te levantas y te vas.


¿Qué te sucede? Tienes todo lo que cualquiera pudiera desear. Te va bien la familia, te va bien el trabajo, y de salud no estas mal, de modo que eres afortunado en trabajo, amor y salud. ¿Entonces a que viene esa tristeza? ¿A que obedece ese casi imperceptible dolor que tan bien disimulas, pero que percibo en tus pupilas en esas fracciones de segundo en que te contemplo a veces?


Cualquier espectador que no te conozca podría decir, simplemente, que eres un desagradecido. Pero yo sí te conozco y se que no es así: estás feliz y contento con lo que tienes y lo que has conseguido, y das gracias por ello, eres muy consciente de que en ese aspecto eres un hombre dichoso. Tambien podrían pensar de tí que eres masoquista y que te gusta sufrir; pero tampoco es así. Tu busqueda de la felicidad ha sido incesante, y siempre la has buscado insistentemente. Eso si; quizas no hayas sabido disfrutar de muchos de los breves momentos que la vida ofrece; pero quieres ser feliz. Y de hecho, lo eres.


Entonces ¿por que te sientes asi?

¿Acaso es incomprensión? ¿Dificultad para aceptar este mundo loco, hipócrita y materialista en el que vivimos? ¿No será que en el fondo de tu corazón sientes esa sensación de soledad con la que casi naciste, y que te persigue alli donde quiera que vas? Quizás; pero hay muchos tipos de soledad. ¿Cual es la tuya?

Todo tiene una causa, de modo que esa tristeza y soledad que observo en tu mirada debe de obedecer a algo. Y aunque algo intuyo, espero que algún día te decidas a hablarme y a contarme de una vez que te sucede.


Saludos.

lunes, 27 de abril de 2009

El viejo Centurión (Parte VII)


En ese momento Póstumo guardó silencio. Un enorme venado macho se acercó al remanso, y se trataba de un gran ejemplar. Estuvieron esperando unos diez minutos, hasta que se acercó lo suficiente. El animal miró fijamente a todos los lados y al no divisar peligro alguno se dedicó a beber tranquilamente. Justo en ese momento Póstumo se alzó y lanzó su pilum al animal, alcanzándole en los cuartos traseros, comenzando éste una infructuosa huida que fue cortada en seco cuando una segunda lanzada, esta vez de Lucio, hizo que el venado cayera desplomado. Póstumo saltó de gozo.

-¡La primera sangre ha sido la mia! Para ser un viejo soldado retirado, no está nada mal. Vienen estos, ya hablaremos más tarde.

-Has estado lento Póstumo, por poco se te escapa -le advirtió Lucio.

Al poco, llegaron los demás veteranos.

-¡Habia decenas, Póstumo! –le dijo Marcelo-. Pero casi todas eran hembras y crias. Por eso solo hemos podido cazar a tres machos.

-¡Vaya, entonces tenemos cuatro en total, tenemos buena carne para unos cuantos días!

Todos habían cazado a los venados con sus lanzas, era indudable que mantenían el pulso firme y la puntería ajustada. Se trataba de cuatro buenas piezas. Allí había mucha carne, y no de mala calidad. Y como ya se acercaba la hora en la que el sol llegaba a su cenit, emprendieron el viaje de regreso a Nemausus, cargados con sus piezas. Convinieron de mutuo acuerdo dirigirse todos a la casa de Póstumo, y reunirse allí con sus mujeres, que se encargarían del descuartizamiento y despiece de los venados. Estas reuniones eran relativamente frecuentes pues aunque cada veterano hacia su vida con su familia, de vez en cuando les gustaba celebrar estas placenteras reuniones y comer y beber durante todo el día hasta hartarse recordando su época militar. Pero había un pequeño problema, y era que Póstumo había agotado las reservas de vino de sus odres, con lo cual mientras todos los demás se dirigían a la vivienda de Póstumo, a hacer los preparativos, él y Lucio se encaminaron a la Taberna donde habían estado la noche anterior, para comprar vino.

-Si tengo que comer sin beber, me muero Lucio –dijo Póstumo durante el trayecto-, eso si que es un delito que los dioses inmortales no perdonan, y además, una gravísima ofensa a Baco.

-Asi es, Póstumo. Pero, ¿Cómo sabes tantos detalles sobre mi vida?

-¡Nunca has sido sordo Lucio, ya me has oido antes! –le replicó Póstumo-. Los veteranos teníamos instrucciones de vigilar y seguir a los jóvenes, yo fui vuestra sombra sin que vosotros lo advirtierais. Y en cuanto a lo de tu mujer, todo se sabe. El problema es que ya no está en Massalia, como te he dicho antes, y tu estas aquí para buscarla. Pero ten confianza, la encontraréis. Quedaos Publio y tu con nosotros hoy, quiero gozar este dia de vuestra compañía, ¡los dioses sabrán cuando nos volvamos a ver de nuevo! Mañana podréis seguir vuestro viaje.

-Mis hijos tambien han desaparecido –le dijo Lucio-. Publio no sabia que yo habia tenido hijos con Iulia. Se lo dije en el Acuartelamiento de Tarraco.

-Jamás le dije por qué llegaste tarde la noche de la gran nevada. Pero también los encontrarás. Sonríe, bravo soldado, esa tristeza tan afeminada que llevas no me gusta…¡cualquiera diría que eres un soldado! Y el caso es que lo has disimulado muy bien durante todos estos años. Pero a mi no me engañaste, bajo esa corteza de militar romano duro e inflexible se esconde un corazón enamorado de una mujer. De una sola mujer, ¡oh dioses, que extraño pero que bonito al mismo tiempo! Si yo hubiera estado en tu lugar, quizás también esa hija de Venus tan bella me habria vuelto loco como a ti.

-Jamas –le dijo Lucio-, he amado a nadie como a ella Póstumo, la tengo en mi pensamiento a cada instante, y solo deseo encontrarla.


-Las canas –le contestó Póstumo- van domesticando nuestra mente y nuestro corazón. Nos hemos tirado veinticinco años sufriendo calor, frío, agua, viento, granizo, nieve; entrenamiento y trabajo y más trabajo sin cesar; siempre con heridas en el cuerpo, muchas veces se nos soltaban los puntos que los médicos nos daban y tenían que volvernos a coser; comida mala; paga escasa; y el único consuelo que teniamos era la disciplina, disciplina y mas disciplina. Hemos sido soldados, y un soldado no debe amar: debe matar. Esta ahí para eso. Nuestras legiones son el mejor ejercito del mundo, pero también el mas despiadado. Cuando era joven no comprendía estas cosas; ahora si, y por eso te comprendo a ti también. Cuando los años pasan y el ardor de la sangre se templa, el soldado vuelve a ser un hombre, a vivir y sentir como un ser humano. Y como no nos oye nadie, a ti si puedo decirtelo: apuesto a que ahora hubieras sido muy capaz de renunciar a toda tu gloria militar por haber estado siempre con ella ¿verdad? Se que si, y yo quizás también. Y lo peor de todo es nuestro triste final, hijo mio: mírame ahora, estoy viejo y solo, y cuando quiero la compañía de una mujer siempre tiene que haber unas monedas de por medio. ¡Brava recompensa y triste vejez para un hombre que se ha dejado las tripas por su patria durante tantos años…! Ya llegamos Lucio: seguiremos hablando luego, tengo que informarte de algo.

Una vez en Nemausus, se dirigieron directamente a la Taberna, donde adquirieron a buen precio cuatro grandes odres de buen vino de Sorrento. Tras cargarlo en sus caballos, se dirigieron sin más dilación hacia la casa de Póstumo, que estaba a cosa de una legua de la ciudad.

Llegaron a la casa de Póstumo. Era cálida y acogedora. Estaba orientada hacia el interior y era de un solo piso. La luz penetraba abundantemente por el atrio, que era la pieza central de la parte anterior de la casa, y se trataba de un gran espacio vacío con su apertura en el techo, o impluvium, y en torno al cual se abrian las estancias menores construidas en torno. En el pavimento, en correspondencia con el impluvium, estaba abierta una pila de forma rectangular, que era el compluvium, adornado con hermosos revestimientos y cuyo destino era recibir el agua de la lluvia. El agujero del impluvium, abierto en la parte central del techo, daba mucha luz a las habitaciones construidas alrededor. Pero la parte que mas le gustó a Lucio fue su peristilo, más luminoso aún que el atrio, que era un jardín rodeado de un pórtico sostenido por columnas, y aunque era de medianas dimensiones, era muy acogedor. A su alrededor estaban las habitaciones mas importantes de la casa: la exedra, una sala abierta al pórtico, y sobre todo el comedor, o triclinio, junto con otras habitaciones. Póstumo enseñó su casa a nuestros amigos con orgullo. Le habia costado mucho tiempo y trabajo levantarla.

Justo al lado, Póstumo tenía su propiedad, una extensión de ocho hectáreas de terreno, en el cual abundaban olivos, naranjos, limoneros, cerezos y otros árboles frutales. Ese año habia sembrado trigo, y todo prometia una muy buena cosecha. Cuando llegaron, los demas veteranos ya se afanaban ayudando a sus mujeres en el despiece de los venados y en la preparación de las viandas. Habian acudido todos, con sus mujeres y con sus hijos, un total de unas cincuenta personas aproximadamente.

Al entrar en el interior de la casa con objeto de dejar el vino, se encontraron con una grata sorpresa: Publio, sonriente, los aguardaba, en compañía de Isania, Drusila, y Corina.

Ya atardecía y era incesante el trasiego en la casa. Tras el despiece de los venados, dejaron enfriar la carne durante tres horas. Póstumo, orgulloso, mostró sus odres de vino, lo cual fue recibido por todos con gran alegria, y como señal de buen augurio: no había peor cosa que comer sin vino. Como la temperatura era agradable, decidieron realizar el almuerzo al aire libre, al lado de la puerta principal de entrada a la casa. Las mujeres comenzaron a servir las viandas: legumbres, carne de jabalí y de cerdo, tres pavos rellenos, una enorme fuente con mariscos y sardinas traidas directamente desde Massalia, frutos secos, pescado en salazón y como no, la preciada salsa garum. Aquello solo era el aperitivo. Se sentaron todos en las mesas con muy buen humor, y el propio Póstumo sirvió el vino. De pronto, Lucio reparó en que Publio no aparecía por ningún lado, haciéndose conjeturas todos sobre su paradero. Póstumo, sonriendo con sorna y con una chispa de malicia en los ojos, dijo:

-No os preocupéis, a buen seguro que no lo esta pasando mal, ni muchisimo menos. Volverá pronto.

Todos empezaron a degustar las viandas que a modo de entrantes habian dispuesto en las mesas. El vino comenzó a correr abundantemente. Estaban a gusto, felices y comenzaron las bromas, las risas y las carcajadas. Los niños jugaban en el campo cercano, inundandolo todo con sus alegres gritos. De pronto salió de la casa Publio, arreglandose la ropa que tenia un poco mal puesta, mostrando una amplia sonrisa, y con señales inequívocas de haber pasado un buen rato con Isania que tambien apareció casi inmediatamente, corriendo, demudada y poniendose en orden la ropa. Publio dijo:

-¡Pero bueno, ¿tanta hambre teneis? ¡Venus castigará vuestra impaciencia…! Dejadnos algo para nosotros también.

Tal frase fue respondida con una sonora y unánime carcajada por parte de todos los comensales, hombres y mujeres. Isania se fue con ellas, y Publio se sentó con Lucio y con Póstumo.

-Apuesto lo que sea –le preguntó Postumo- que te gusta mas hacer el amor que comer.

-Diez denarios! –aventuró Marcelo.

-Quince denarios! –dijo Quinto.

-Yo apuesto otros quince denarios -aventuró Lucio- a que le importa más comer, Publio ya esta viejo.

-¡Lucio, no presumas de juventud, te recuerdo que tenemos la misma edad! –le espetó Publio-. En fin, hermanos, tranquilos, todos habéis ganado la apuesta. Todo es necesario en esta vida.

Publio miró intensamente a Isania, que se puso colorada y bajó los ojos al suelo. Las mujeres la rodearon y comenzaron a…
(CONTINUARA).

Saludos.