En nuestra época actual investigamos las posibles rutas hacia la felicidad, y nos parece que lo hemos inventado todo. Pero olvidamos que esas rutas hacia la felicidad o, si se quiere, hacia la paz interior, ya fueron investigadas por los seres humanos de antiguas civilizaciones y, como no, también por el Imperio Romano, hace mas de dos mil años. A poco que nos esmeremos, comprenderemos que solo ha evolucionado la ciencia y el avance tecnológico, pero NO así el corazón humano: los sentimientos que brotan de él siguen siendo los mismos ahora que hace dos mil años.
Y las respuestas que Roma ofreció al mundo fueron tan ingeniosas y tan sabias que, en mi opinión, muchas de esas enseñanzas están de plena actualidad en el S. XXI, y son de obligada lectura para el hombre post-moderno.
¿Cómo se enfrentaban los romanos ante la adversidad? ¿Cómo es que tenían ese carácter tan frio y sereno en medio de las dificultades, como adquirir esa misma presencia de ánimo, esa fortaleza ante la vida y ante las dificultades? ¿Como podian sosegar su ánimo ante los problemas?Responderé con el aval de un romano excepcional e inmortal, en mi opinión, el mas grande filósofo que Roma ha dado al mundo, y el más brillante de todos los estoicos, que contemplaba la realidad con una mirada muy especial: Lucio Anneo Séneca. Viene de muy antiguo mi devoción por él (y quizás algun dia os cuente el por qué, que todo tiene su causa y su explicación en esta vida). Como veremos, Séneca, que contemplaba la realidad con una mirada muy especial, comprendió muy bien el mundo. Y el mundo de su época no se diferenciaba tanto de nuestro mundo actual.
Séneca ya distinguía entre dos clases de deseos: los naturales necesarios, relacionados con la supervivencia, y los naturales no necesarios, que provienen de la cultura, la política y de la vida social. La satisfacción de los deseos es lo que nos produce placer, sin embargo existen placeres que son completamente vanos y que nos producen un dolor mayor que el placer inicial; estos placeres producen intranquilidad y deben ser evitados por la razón ya que nos alejan de la ataraxia, y la filosofía es una vía hacia la ataraxia, ya que esta es considerada como la tranquilidad espiritual propia del sabio que distingue los deseos naturales de los que no lo son y es capaz de alejarse de aquello que es vano.
Para los estoicos, el objetivo es llegar a la
ataraxia, y para ello el camino es la virtud, que consiste principalmente en adecuar los deseos propios a la racionalidad de la naturaleza aprendiendo a diferenciar las cosas que dependen de nosotros de las que no, ya que no tiene ningún sentido preocuparse por las segundas puesto que al hacerlo nos alejamos de la tranquilidad del alma.
También es necesario para encontrar la ataraxia, eliminar los miedos a Dios y la muerte y no quejarse por las inclemencias del destino.
Los Romanos eran valientes, decididos, no tenían miedo a la muerte, caminaban rectos hacia el enemigo con una valentía y un coraje personal individual que hoy, por desgracia, no existe. Por eso, el estoicismo se adaptaba tan bien a su carácter nacional. El estoicismo enseña a echarle valor y arrojo a la vida. Los estoicos defendían que la bondad se basa en el conocimiento y que los hombres verdaderamente sabios son indiferentes a los cambios de fortuna.

La filosofía de Séneca era muy elaborada, de hecho eran ideas muy adelantadas para la época, pues en aquel tiempo de esclavitud, los Estoicos avanzaron la noción de la humanidad universal, una hermandad entre hombres. En una era de opulencia, los estoicos rechazaban la vida ostentosa y preconizaban una vida de absoluto control. Y es que, como decía Séneca, y eso pasa hoy también,
desperdiciamos la vida en lujos inconscientes, en la insaciable avaricia o en la cuidadosa diligencia de inútiles trabajos. Muchos se rinden ante la ociosidad o ante los placeres, mientras que a otros les preocupa unicamente la ambición de fortunas ajenas o el llegar a ser rico. Otros son inconstantes y vacilan entre varios pareceres; hay algunos a quienes, no agradándose de ocupación alguna que dirija su carrera, la muerte les sobreviene por sorpresa.Dos mil años después, Séneca nos sigue enseñando la sensatez, la tranquilidad del animo, lo cual es una virtud encomiable.
Leer a Séneca es un verdadero bálsamo. Sus enseñanzas estoicas son una autentica delicia, una "delicatesen" para el alma. Sus textos parecen tan actuales que pensaremos que es imposible que esas razones se hayan escrito hace dos mil años. En concreto, sus Tratados Morales, también conocidos como Los siete libros de la sabiduría, contienen el compendio de su pensamiento, y nos aportan paz, sosiego y tranquilidad de ánimo.
Son siete libritos. Sus títulos lo dicen todo:
De la divina providencia
De la vida bienaventurada
De la tranquilidad del ánimo
De la constancia del sabio
De la brevedad de la vida
De la consolación
De la pobreza
Escuchemos algunas breves razones del primero de ellos.
Entre muchas magníficas sentencias de nuestro Demetrio hay ésta, que es en mí fresca, porque resuena aún en mis oídos. «Para mí, decía, ninguno me parece más infeliz que aquel a quien jamás sucedió cosa adversa»; porque a este nunca se le permitió hacer experiencia de sí, habiéndole sucedido siempre todas las cosas conforme a su deseo, y muchas aun antes de desearlas.
Mal concepto hicieron los dioses de éste; le tuvieron por indigno de que alguna vez pudiese vencer a la fortuna, porque ella huye de todos los flojos, diciendo: «¿Para qué he de tener yo a éste por contrario? Inmediatamente rendirá las armas; para con él no es necesaria toda mi potencia; con sólo una ligera amenaza huirá; no tiene valor para esperar mi vista; búsquese otro con quien pueda yo venir a las manos, porque me desdeño encontrarme con hombre que está pronto a dejarse vencer.» El gladiador tiene por deshonra el salir a la pelea con el que le es inferior, porque sabe que no es gloria vencer al que sin peligro se vence. Lo mismo hace la fortuna, la cual busca los más fuertes y que le sean iguales: a los otros déjalos con fastidio: al más erguido y contumaz acomete, poniendo contra él toda su fuerza.Las cosas prósperas suceden a la plebe y a los ingenios viles: y al contrario, las calamidades y terrores, y la esclavitud de los mortales, son propios del varón grande. El vivir siempre en felicidad, y el pasar la vida sin algún remordimiento de ánimo, es ignorar una parte de la naturaleza. En cuanto a la fortaleza de carácter, Séneca nos enseña a tener valor ante la vida, sin acobardarnos.
¿Eres grande varón? ¿De dónde me consta, si no te ha dado la fortuna ocasión con que ostentar tu virtud? Viniste a los juegos Olímpicos y en ellos no tuviste competidor: llevarás la corona olímpica, pero no la victoria. No te doy el parabién como a varón fuerte: te lo doy como al que alcanzó el consulado o el corregimiento con que quedas acrecentado. Lo mismo puedo decir al varón bueno, si algún dificultoso caso no le dio ocasión en que poder demostrar la valentía de su ánimo. Te juzgo por desgraciado si nunca lo fuiste: pasaste la vida sin tener contrario; nadie (ni aun tú mismo) conocerá hasta dónde alcanzan tus fuerzas; porque para tener noticia de sí es necesaria alguna prueba, pues nadie alcanza a conocer lo que puede sino es probándolo.Sobre el despego a los bienes y la aceptación de nuestro destino, nos dice lo siguiente:
El mejor medio de que Dios usa para desacreditar las cosas deseadas es darlas a los malos y negarlas a los buenos. Bien está eso; pero parece cosa injusta que el varón bueno sea debilitado, herido y maltratado, y que los malos anden libres y afeminados. Si eso dices, también seria cosa injusta que los varones fuertes tomen las armas, y que pasen las noches en la campaña, asistiendo en el batallón con las heridas atadas, y que mientras estén sosegados y seguros en la ciudad los eunucos que profesan deshonestidad. El trabajo cita a los buenos, y el Senado suele estar todo el día en consejo, cuando en el mismo tiempo el hombre más vil deleita su ocio en el campo, o está encerrado en el bodegón, o gasta el tiempo en algún liviano paseo. Lo mismo, pues, sucede en esta gran República del mundo, en que los varones buenos trabajan y se ocupan, y sin ser forzados siguen voluntariamente a la fortuna, igualando con ella los pasos, y si supieran a donde los encaminaba, se le adelantaran.Dos mil años han transcurrido desde que Lucio Anneo Seneca escribiera las anteriores razones. Parece mentira, pero asi es. Y escribió muchísimo más.
Leyéndolo, no puedo dejar de pensar en él como en un ciudadano de nuestra época, que por arte de magia vivió hace dos mil años en la antigua y eterna Roma.